(Buenos Aires) La Asociación de Reporteros Gráficos de la República Argentina (ARGRA) celebra sus 70 años con la Muestra Anual de Fotoperiodismo Argentino, que se podrá ver hasta el 16 de agosto en el Palais de Glace (Posadas1795), con entrada gratuita.
Como es costumbre, el recorrido (270 fotografías) es impactante por la diversidad, el sentido y la estética de sus obras. El ojo cuestionador y revelador permanece como la impronta colectiva. Desde las cenizas volcánicas hasta el colectivo 92 atropellado por el tren en Flores, pasando por el descenso de River y el primer desfile de vestidos y trajes para bodas homosexuales, la exposición recorre los temas mediáticos que más resonaron el último año. Pero además, como también es costumbre, aparecen temáticas invisibilizadas, como el violento desalojo policial a los habitantes de Alto La Pólvora, Tucumán (¿será que alguna vez faltará ese cuadro?), o imágenes que magnetizan sin referir a ningún hecho social relevante, como aquella en la que en una gran terraza sólo cruzada por una cuerda con poca ropa tendida, un niño y una niña se besan en la boca mientras él le aprieta tiernamente, eróticamente el culo.
La exposición coincide, también, con el 15° aniversario del asesinato de José Luis Cabezas, a quien le está dedicada una sala con una serie de sus fotografías (incluida la trágicamente célebre de Alfredo Yabrán) y la proyección de un documental realizado por Lola Ripoll.
La muestra, que ya había sido expuesta en Rosario durante junio y lo será posteriormente en ciudades como Córdoba, Ushuaia, Neuquén y Tucumán, excede por segundo año consecutivo las fronteras porteñas. Esto forma parte, según ARGRA, de su actual estrategia de expansión federal, que se complementa con acciones como la reciente creación de fototecas regionales en distintos puntos del país, que apuntan a conservar y revalorizar el patrimonio fotográfico local y a concientizar sobre su rol activo en la construcción de la memoria y en el debate público.
El 2011 fue un año de crecimiento para ARGRA, ya que se realizó en Chapadmalal el Primer Encuentro Nacional de Reporteros Gráficos, al que concurrieron más de 100 fotoperiodistas que debatieron sobre su rol social, fomentaron proyectos independientes y se actualizaron con las innovaciones tecnológicas. Por otro lado, en diciembre presentaron una intervención en el espacio público en Buenos Aires, con gigantografías sobre la efervescencia de las manifestaciones sociales de 2001.
Uso y valor de la fotografía
Cuando daba sus primeros pasos, la fotografía tenía un uso excepcional en la vida de las personas. La mayoría, claro, ni siquiera veía una cámara en su vida. Otros pocos (muchos más que antes: los clientes ya no eran nobles sino burgueses), se retrataban para plasmar su ascenso social. La obra ya no ocupaba el lugar principal de la sala, pero seguía teniendo un aire solemne. Los rasgos ya no eran delineados a pincel, sino reproducidos por una máquina, a tono con la época. La fotografía era celebrada por su objetividad, proclamada por esos mismos jinetes ilusos de la ciencia y el progreso, que así pretendían trascender. El fotógrafo debía tener habilidades en física y química, y del click a la aparición de la imagen el sol ya había ido de este a oeste.
Ya entrado el siglo XX, Kodak mediante, la fotografía comenzó a masificarse. Cámaras más portables y autónomas, material sensible más resistente, imagen más fiel. Se extendió su uso mediático y social. Pero, de todas maneras, conservó su sacralidad: el Museo Histórico de Buenos Aires exhibe una foto de aquellas primeras décadas en la que una familia obrera de inmigrantes italianos posa seria y rígida frente a la cámara. Si vemos la imagen con atención, algo parece extraño. Un hombre está demasiado rígido. Pero nada justifica ausencias en la única foto familiar, todas las caras deben aprovechar su única posibilidad de existencia en el futuro.
Hoy, tras los sueños rotos de la generación de nuestros padres, el mercado se terminó comiendo a la fotografía (como a todo lo demás), usando multimedios de cuchillo y tenedor. La mayor parte de las fotos que vemos día a día son funcionales a ese fin y ya no un documento social relevante y mucho menos un fin en sí mismas. Por otro lado, el acceso a una cámara es más facil que nunca, no sólo por precio y producción del propio aparato, sino por ser una función básica -y secundaria- de cualquier nuevo juguete tecnológico. Más personas toman más fotos. Más personas encuentran su vocación, muestran su arte y su compromiso. Pero más, muchas más personas, el ejército de la industria del entretenimiento, liderados por los floggers (¿existen todavía?) y demás juventud subnormal y ociosa que necesita decir acá estoy yo (y que a primera vista pareciera decir sólo eso), se dedican a estirar el brazo y mover la mano con el celular enfocado hacia sí mismos y a hacer, paradójicamente, de la foto un deja vu.
Por eso hay que ir a ver ver la muestra de ARGRA. Porque entre cada vez más basura y cada vez más trivial, más conmueve la fotografía que narra, con originalidad, belleza y sentido crítico, su tiempo y que, así, lo trasciende.
Nicolás Israel

















































